Hace unos días, le comentaba a un amigo la importancia para mí de mirar las nubes. Volver mi vista hacia ellas me proporciona una paz increíble. El cielo es donde halla equilibrio mi melancolía o mi furia. Pero en momentos de tensión, o épocas malas, olvido con frecuencia el bienestar que me produce mirar al cielo...
Hoy ha venido a buscarme a casa la activista coqueta. Me traía unas picotas de su pueblo, en el límite entre la comarca de la Vera y el Valle del Jerte. Me voy a poner morada!!
Después hemos ido a buscar a la Abuela Cebolleta. Esta mujer vive en un ático con vistas al Seminario de Madrid, un precioso edificio de finales del siglo XIX.
Mientras contemplaba el edificio de ladrillos a la luz del atardecer, he recordado lo mejor que tenía cuando vivía con mis padres...los diferentes cielos que se podían contemplar al atardecer desde aquel piso 14.....Entre las fachadas de las construcciones horrorosas de los años 70 podía ver asomar nubes, retazos de plumas cosidas al cielo que desfilaban ante mí...

Hace años subía a la azotea de la casa de mis padres, en la hora mágica del atardecer, para contemplar cielos como este.
Desde el piso 15 contemplaba los cielos en llamas, Madrid anocheciendo, e imaginaba cómo sería volar por toda la ciudad.
Allí... con el mundo a mis pies, en una ciudad que me cruje hasta los huesos pero que no puedo dejar de amar, forjé mis sueños adolescentes llenos de anhelos y querencias.
En aquellas tardes lánguidas soñaba que mundos diferentes eran posibles, y los colores me transportaban hasta universos paralelos auspiciados por banderas arcoiris...
Oía desde la altura el latido de la ciudad y me dejaba seducir por los sonidos subterráneos de otras vidas.
Me empapaba de los colores cambiantes del cielo intentando que mis retinas guardaran para siempre tanta belleza. Hasta que descubrí que los colores nos los guarda la retina, sino que permanecen anclados al Alma para recuperarlos cada vez que los busco con un simple parpadeo.
Un día cerraron el acceso a la azotea, a mi mundo de sueños. Y comencé a pensar que quizá el hacerse adulto implica que te prohiban soñar.
Pero me queda mi universo de colores... cada atardecer.