Este fin de semana ha sido la primera vez en unos dos meses largos que he tenido un día libre. Lo habitual es que trabaje, que esté con mi madre o que tenga la jornada completa con las dos actividades.
Mi cuerpo pide tumbarse panza arriba y no hacer nada. A ser posible al solecito. Quería irme el puente de San Isidro a casa de una amiga que vive a pie de playa pero al final me quedo. Echaré una mano a mi padre y estaré con las gatinas que muchos días cuando llego a casa me miran con cara de... tú quién eres? Ah si! eres esa humana que solía vivir aquí y que ahora sólo viene a ponernos de comer y dormir.
Al fin los médicos nos dieron una buena noticia. Lo que parecía ser terminal quedó descartado. No sabemos si en algún momento podrá volver a estar como los días previos a la caída en picado. No sabemos si podrá abandonar el oxígeno o si podrá volver a salir a la calle para algo que no sea ir al hospital. Quiero apostar a que si. Siempre ha sido una mujer muy dura y hasta terca. Si algo se le ponía en la cabeza tenía que ser así. De momento parece que podrá conocer a mi sobrino. Y tendremos que ir viendo cómo evoluciona día a día.
Ahora que se encuentra algo mejor cuesta estar con ella. A ratos no quiere hablar con nadie, exige mucha compañía de mi padre y mía, luego dice que me vaya, al rato que vuelva para ayudarle a respirar. Nunca me hubiera imaginado que respiraríamos juntas, o que hiciese algo parecido a la meditación. Tampoco había imaginado nunca que la volvería a tocar y hasta la ducho.
Cuando vuelvo a casa por la noche y al fin me meto en la cama, me quedo pensando en que todo este viaje está siendo no sólo suyo sino también mío. Una montaña rusa emocional. En este tiempo es como si se hubiese concentrado una vida nueva, completamente distinta de nuestra Historia anterior. También yo necesito respirar e integrar toda esta experiencia. Así que pongo en el móvil la aplicación que tengo para dormir y comienzan a sonar los cantos de ballenas.
Lúa se asusta y no vuelve hasta que cesa el canto, al cabo de unos 10 minutos, pero Zoe se acurruca junto a mi hombro. Cierro los ojos y acaricio a la peludita. Al cabo de pocos segundos me dejo mecer por el sonido de las ballenas y caigo en un sueño profundo, que anoche por primera vez en mucho tiempo, se llenó con imágenes dulces.










