lunes, 6 de junio de 2011

La ley del Silencio

No sé si os he mencionado alguna vez que tengo un primo gay. Es hijo de un hermano de mi madre. Podría decir que es hijo de un tío mío, pero entre las particularidades de mi familia materna se encuentra que no llamamos tíos o tías a los hermanos y hermanas de mi madre. Siempre nos referimos o nos dirigimos a ell@s por su nombre de pila. Mis primos tampoco se refieren por ese apelativo a mis padres. Es una relación peculiar, supongo.

Lo de mi primo lo descubrí hace muchos años. En un funeral al que asistimos todos (son las únicas ocasiones en las que nos juntamos los 20 familiares directos) le vi y recuerdo que sobre la marcha pensé...es gay. Yo debía tener 18 años y él 13. Al parecer sufría de migrañas y le estaban haciendo toda clase de pruebas médicas pero aquella fragilidad, la mirada huidiza y el cuerpo encogido lo asocié a la delicadeza propia de la pluma gay. Poco quedaba de aquel niño que de pequeño era el mismo demonio y se divertía mordiéndome cada vez que me veía.

Pude confirmar mis sospechas, más que fundadas, en el velatorio de mi abuela hace cinco años, al que él asistió con su novio. Al parecer, aquella fue su salida oficial del armario para el resto de la familia. Eso si, nadie decía nada de forma abierta...todo eran eufemismos: su amigo, su compañero de piso (de una sola habitación)...

Lo curioso es que mis padres saben que soy lesbiana, sus padres saben que es gay, pero entre ellos no han hablado de nosotros. Parece que en la familia impera una ley del silencio sobre este tema tan obvio. En cierto modo tengo que respetar que mis padres estén metidos en el armario, pero no entiendo que mi madre no hable con su hermano de algo que les atañe a los dos.

Menos mal que no tiene un pelo de tonto. Estas navidades estaban tomando algo en casa de mis padres y de coña apareció una toalla con la imagen de una modelo caracterizada como una sirena. El hermano de mi madre la cogió y se envolvió con ella. Al momento empezaron a circular las típicas bromas hetero pero él me miró fijamente a los ojos delante de media familia y me dijo:

- ¿Te has encontrado con una mujer así alguna vez? 
- La verdad es que no -respondí- pero ya me gustaría!! Si me la encuentro en algún momento ya te contaré. 


Hecho. Cómo salir del armario en 30 segundos sin traumas ni azúcares añadidos. Lástima que mis padres no estaban en el salón en aquel momento...Se hubieran dado cuenta de que ocultarlo es dotarlo de una importancia que para algunas personas no la tiene.

Ahora he encontrado a mi primo en el facebook. Le he propuesto una caña, para hablar nosotros abiertamente de lo que nuestros padres evitan. Es hora de romper el silencio!!

PD Hormiga, ¿me dejas tu megáfono?

viernes, 3 de junio de 2011

Cuestión de Identidad

Aprendí a leer con algo más de tres años.

Fui muy precoz en eso. Mi hermano, un año mayor que yo, estaba aprendiendo con cuatro años y en aquella época yo le profesaba tal admiración que me fijaba en todo lo que hacía. Así que aprendí a leer viéndole a él. Cuando las profesoras y las monjas de la guardería se dieron cuenta de que con algo más de tres años yo ya leía le echaron la bronca a mi madre. La niña leía y lo que no hacía era dormir.

Cada tarde nos montaban unos colchones para dormir la siesta y yo me pasaba el rato dando vueltas. No recuerdo si daba guerra, supongo que si, Apenas hablaba con alguien que no fuera de mi familia así que no sé qué clase de guerra daba. La monja que nos cuidaba se hartaba de mí, me llevaba a otra sala, me regañaba y me amenazaba con hombres del saco, coqueros y todo tipo de personajes masculinos horrendos. Pero daba igual, yo seguía sin dormir. Así que decidieron aprovechar mi capacidad de aprendizaje y me tenían la hora de la siesta leyendo cuentos. 

En las Navidades del 78, con los seis años cumplidos en agosto, los Reyes Magos me trajeron una versión algo reducida y edulcorada del libro de Mujercitas. Por la noche, antes de intentar que me durmiera, me dejaban leer un poco. Cuando terminé de leerlo quise comenzar de nuevo. Creo que mis padres nunca supieron por qué sentía tanta pasión por aquel libro.

Podéis imaginar que el personaje que me atrapó fue el de Jo. Recuerdo quedarme mirando la portada del libro, en la que aparecía una ilustración de una chica sonriente con el pelo corto acompañada de sus tres hermanas muy señoritas. Aquella ilustración me enseñó que era posible ser chica, llevar el pelo corto y ser feliz. También me encantaba la idea de que la incansable escritora de historias hubiese acortado su nombre. Fue entonces cuando yo decidí que sería Chris.

Ese no es el nombre que aparece en mi carnet de identidad. De hecho, el oficial es compuesto y nunca me he sentido identificada con ninguno de los dos. Con seis años escogí mi nombre, con el que quería que me llamaran. A los 11 comencé a firmar con él. Y aunque me costó muchos años entender y verbalizar la motivación de mi decisión, sabía que tenía que ver con mi identidad.

El nombre por el que me llamaban en el colegio, en mi casa, mi familia...era el de un personaje que se habían inventado ellos. Alguien a quien habían dotado de unos rasgos físicos determinados, de una personalidad concreta y a la que le habían asignado un lugar y una posición tanto dentro de la familia como en la vida.

Desde muy joven me rebelé contra esas ideas. No, yo no era la niña de melena castaña, de buenos modales, con vestidos de flores y verdugo azul marino. No era la comparsa de mi prima, que me llevaba 11 meses y 12 días, no era a la que obligaban a disfrazarse en las fiestas y a bailar con faldita y lazo en la cabeza.



Era y soy Chris. Con mis particularidades físicas, mi pelo corto, mi supuesta androginia, la ropa holgada, los vaqueros y las zapatillas de Converse. Soy Chris, tímida por naturaleza pero dicharachera en la intimidad. Soy Chris, la bollo, la cariñosa, la detallista, la borde y sarcástica, la amante de la naturaleza...

Soy Chris, de las pocas bolloblogueras junto con Lena que no utilizo un nick para identificarme. Es el nombre que me identifica , la persona que soy y no la que siempre han querido los demás que fuera.

Me comentaba hoy una bloguera que ha cambiado su blog por motivos de fuerza mayor, que no se siente identificada con su “nueva personalidad” Y es que creo que el nombre es parte de nuestra identidad. Nos forma, nos resume, nos dota de nuestra esencia... No os ha ocurrido nunca que habéis conocido a alguien y al presentarse habéis pensado que no le pega nada el nombre?

Curiosamente, algo que nos define de tal modo, nos viene impuesto. Muchas veces se corresponde con la ilusión de nuestros padres que nos han imaginado aún antes de nacer. En el caso de las adopciones resulta aún más extraño. Si vienen de paises donde no se habla español es casi seguro el cambio de nombre. ¿Alguna vez nos hemos planteado que sienten los niños adoptados con más de tres años, cuando no sólo cambian la cultura sino que además se ven obligados a adoptar una nueva identidad?

Y todo este rollo....para contaros que una marca de bebida isotónica va a cambiar de nombre. Y han lanzado una campaña publicitaria en la que te animan a que contactes con ellos si quieres cambiar tu nombre.

Llevo años queriendo cambiarlo, así que entré en la “promoción” rellené el formulario, solicité los certificados que necesitaba, hablé con los testigos que me exigen para acreditar que llevo toda mi vida haciéndome llamar Chris...y me contestan hoy que mi cambio de nombre no es viable porque resulta intrascendente para la Dirección General del Registro y el Notariado.

Obviamente para ellos resulta intrascendente, pero cuando alguien solicita un cambio de nombre no creo que lo haga por mero capricho. Al menos para mí, resulta vital cerrar el círculo que inicié hace tanto tiempo y que me asignen el nombre con el que me identifico.

¿En qué país tan avanzado vivimos si te permiten cambiarte de sexo, pero no te dejan ponerte el nombre que quieres?  

miércoles, 25 de mayo de 2011

Zoelandia

Empiezo a darme cuenta de que ya no vivo tranquilamente en el Rincón del Arco Iris, sino en un lugar de apariencia similar pero cuyo nombre es Zoelandia.

Zoelandia es la casa donde Zoe vive a sus anchas. Es un pasillo largo donde puedes encontrarte además de su arenero objetos extraños. Una pinza de la ropa, cualquiera de sus pelotitas e incluso un tampax. Si....qué pasa? un tampax...es una costumbre que trajo adquirida...

Zoe es la que me decide en mitad de la noche, cuando me levanto al baño, que lo mejor que podemos hacer es jugar al escondite. De repente se la oye galopar por el pasillo, pasar como una exalación por la puerta del baño en dirección a la cocina. Y entonces sabes que ha empezado el juego y que mejor que te hagas la tonta y vayas para allá preguntándote en voz alta dónde estará. Cuando la encuentras sale corriendo en la otra dirección y va a situarse al lado de una estantería del salón. Ahí es cuando le digo lo de...es muy tarde, buenas noches.

No he probado a irme directamente a la cama desde el baño. Me da cosa que a la mañana siguiente me la encuentre todavía “escondida” en la cocina y con cara de Joooooooo que tenías que buscarme!!

Y es que tengo una gata quejica, o como digo yo, maullona. Por no sé qué motivo no dice Miau. Se queda en Mia. Eso si, dependiendo de la queja que tenga o lo que quiera expresar el Miaaaaaaaaaaa puede alargarse casi hasta el infinito.
A veces parece contestarme. Si ella va andando y yo la llamo...Zoe!! ella se gira y me dice Mieeeeee. La a, la transforma en un sonido muy parecido a la e. Es como si dijera...queeeeeee (léase con tono de ¡tia plasta!).

Hoy le he colocado la malla en el balcón para que pueda salir. Hasta ahora no la dejaba porque ha vivido siempre en el interior de un chalet, en una zona muy tranquila. La pobre se asusta del tráfico y el ruido del centro de Madrid. Una vez colocada la malla, le he abierto el balcón de par en par con el objetivo de que saliera a ponerse al solecito, pero la pobre estaba acobardada y apenas pisaba el balcón volvía corriendo dentro. Espero que siga así de tímida y que no se le ocurra saltar al balcón de algún vecino o a la calle!!

Y ya puesta en plan manitas me he animado a cambiar el grifo del lavabo, que tenía pendiente desde....que tenía pendiente, vaya!.

Se me ha ocurrido pedirle ayuda a Zoe en todas estas labores pero ella estaba muy atareada haciendo esto....

Lugar desde el que ejecuta su famoso "Salto de la Tigresa!



En resumidas cuentas...tengo una gata quejica, maullona, algo cobardica, a la que le gustan objetos no aptos para animales, que le da por jugar justo cuando me voy a meter en la cama o de madrugada, que me despierta cuando tiene hambre...y a la que adoro!!


jueves, 19 de mayo de 2011

El Gran Salto: el Desenlace

Al día siguiente fui a trabajar y durante la comida mis compañeras me vieron con mala cara. Les contrastaba con la carita feliz que había mostrado los últimos días así que decidí comentarles lo sucedido. Os podéis imaginar las carcajadas y las bromas que tuve que escuchar.
Me dijeron que el marido de una compañera era carpintero y podría arreglarlo..Cuando traté de hablar con esa compañera me encontré con que estaba de vacaciones.

Aquel fue el inicio de un laborioso periplo. Puse un anuncio en la base de datos de anuncios de mi empresa solicitando de forma urgente un carpintero. Me dieron dos teléfonos pero al igual que en el caso anterior se encontraban de vacaciones. Me recorrí las páginas amarillas. Durante el día 2 y 3 de agosto hice al menos 30 llamadas sin obtener resultado.

Me parecía increíble lo difícil que era conseguir un determinado profesional en un mes de agosto. Es tradicional que en ese mes, media España esté de vacaciones. Y se ve que en esa media España están incluidos todos los carpinteros de Madrid.

Finalmente, a través de un seguro de hogar que me asigna mi empresa cada año pude contactar con un carpintero el día 4. Me dijo que iría al día siguiente, viernes, a mi casa.

Cuando abrí la puerta me encontré con Gepeto, un señor mayor con pelo y bigote blanco. Le llevé a la habitación de mis padres para que viera el destrozo con la esperanza de que aquello tuviera arreglo. 

El buen hombre estuvo echando un vistazo a las patas y me dijo que podía encolarlas incluso la que tenía el corte longitudinal. De forma ingenua y con cara de preocupación le pregunté...pero se notará mucho? Dudo que Gepeto intuyera los detalles de lo ocurrido pero estoy segura de que imaginó que no era mi habitación y que yo temía las consecuencias de aquel “accidente”.

Llamé a mi empresa diciendo que me retrasaría debido a un problema en casa. Las compañeras que sabían lo ocurrido y que habían vivido durante la semana mi creciente angustia me cubrieron para evitar que tuviera inconvenientes en el curro.

Gepeto iba sacando herramientas de su enorme caja...limaba aquí, pegaba allá, con la parsimonia de quien no tienen nada más que hacer que ver pasar las virutas por su vida. Yo le observaba admirada mientras él trabajaba. Me preguntó si tenía alguna enciclopedia. Le dije que si pensando si tendría que consultar algún dato sobre la madera del armazón de la cama. Me pidió que le trajera varios volúmenes y tonta de mí le pregunté...de alguna letra en concreto? Recuerdo que se me quedó mirando con cara de no entender nada. Le traje dos volúmenes de la enciclopedia Larousse, a kilo el tomo. Me pidió más. Cuando volví con los dos siguientes comprendí el uso que quería darles. Estaba utilizándolos a modo de gato hidraúlico para elevar la cama.

Pego las patas y me dijo que tendría que dejar la cama elevada al menos 48 horas para que el pegamento se adheriera bien. Por supuesto, no utilizar la cama en ese periodo. Le dio con un poco de aceite de oliva y la verdad es que la madera quedaba tan ideal como siempre.

Con respecto a la hendidura del suelo me dijo que no podía hacer nada. Me sugirió que comprase un barniz oscuro y pintara la muesca para que no se notara la diferencia de color.

Me hizo una factura cutre en un folio asegurando que se le habían acabado los formularios que le daban los del seguro. A mí me daba igual, sólo quería que aquello se solucionase. Pagué la factura con IVA incluido, le di mil gracias a Gepeto y me fui aquel viernes a trabajar mucho más aliviada por haber podido solucionar al menos el estropicio más evidente..

Como medida de precaución, llamé a mi hermano. Sabía que si mis padres notaban algo le preguntarían a él. Hay que negar la mayor!! pensé. Así que le dije que mientras hablaba por teléfono me había sentado en el borde de la cama (mi hermano sabía que yo tenía esa costumbre) y que habían saltado las patas, pero que ya estaba solucionado. Prefería que mis padres pensaran que se había tratado de un accidente por descuido mío, a que pensaran que era la repercusión de una noche loca de pasión...

El sábado muy de mañana, todavía no eran ni las 8, me llamaron mis padres. Había fallecido la madre de una amiga nuestra y se bajaban a Madrid corriendo. Se me pusieron los pelos como escarpias al pensar que no habían transcurrido ni 24 horas desde que la enciclopedia estaba sosteniendo la cama. Apuré hasta el último momento para retirar los tomos y recé a Santa Pita Pata para que aguantara.

¿Alguna novedad en estas dos semanas que llevamos fuera? No papá...todo como siempre.



Me pasé toda la noche sin pegar ojo. Me sentía doblemente culpable y egoísta. Tenía que pensar en mi amiga, hecha polvo por su madre fallecida, pero lo que de verdad me preocupaba era que las patas no saltaran otra vez con cualquier movimiento de mis padres en la cama.

Meses después me comentaron que iban a cambiar el armazón porque el que tenían estaba muy estropeado. Fíjate, me dijeron...en el último año se han soltado varias veces las patas y las hemos colocado como hemos podido, pero cualquier noche de estas nos quedamos en el suelo... Respiré aliviada.

Y por supuesto, no le he permitido a ningún ligue mío que vuelva a saltar encima de la cama.




lunes, 16 de mayo de 2011

El Gran Salto (2ª parte)

Nota de la bloguera: El post anterior simplemente pretendía servir como marco contextual para la segunda parte del post.


Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy lejana llamada ParentsJaus (useasé, la casa de mis padres) vivía yo mi postadolescencia y primera juventud...

A principios del verano, mis padres habían hecho su obre más ambiciosa. Cambiaron la moqueta que cubría 2/3 de la casa por un precioso y brillantísimo parquet de color cerezo. Durante el tiempo que había durado esa obra directamente nos marchamos de la casa a un piso que nos dejó una amiga.

Por aquel entonces yo trabajaba por la tarde. Eso hizo posible que me escaqueara bastante de las horas que pasaron tras la obra poniendo todo en su sitio de nuevo y limpiando el polvo acumulado sobre los más de 1.500 libros que tienen entre las dos librerías.

La vuelta al hogar coincidió prácticamente con la marcha de vacaciones de mis padres. Una semana antes yo había comenzado a salir con Alex (la de la excalera). Era a finales de julio y tanto Alex como yo esperábamos pacientes que el 1 de agosto sus padres se marcharan de vacaciones para poder pasar las noches juntas. Yo estaba sola en casa (como Mackaulay Culkin pero sin ser tan repelente) mientras que en casa de Alex quedaban varios hermanos que ignoraban la incipiente bollería de su adorada hermana.

Llegó el 1 de agosto y salimos de trabajar directas a mi casa. Había dejado la mesa puesta y la habitación de mis padres llenas de velas. Tras una fugaz cena (para qué mentir, teníamos hambre de otra cosa) encendí las velas y nos fuimos a la cama. Esa iba a ser nuestra primera noche de dormir juntas y por el momento no queríamos dormir.

Alex...ocurrente y divertida hacía del sexo algo totalmente ajeno a la monotonía y aquella noche, aprovechando la ocasión, decidió que era el momento perfecto para hacer un salto de tigresa. Así que se levantó, cogió algo de impulso y saltó sobre la cama. No fue lo único que saltó...
A la vez que aterrizaba a mi lado, saltaron y salieron volando las patas de los pies de la cama. Sin ninguna sujeción en esa parte, el armazón antiguo de la cama, el colchón y nosotras dos, caímos a plomo sobre el hermosísimo y NUEVO parquet de la habitación.  

Durante unos instantes que me parecieron eternos nos quedamos paralizadas y en silencio. Yo esperaba oír a los vecinos de abajo que sin duda debieron despertarse asustados por el estruendo de centenares de kilos golpeando sobre sus cabezas. Alex estaba blanca. A la luz tenue de las velas parecía un fantasma acongojado.

Con cuidado me levanté para comprobar lo ocurrido. A ambos lados de la habitación yacían las patas rotas, una de ellas con un corte longitudinal. En el lugar donde había caído la cama encontré una hendidura en el parquet. No era muy ancha pero si profunda. La madera del parket perdía su color cerezo y resaltaba con un color vainilla...Pensé que mis padres me matarían. No sólo había quebrantado la norma implícita de no utilizar la cama de tus padres para tener sexo, no sólo había roto el armazón tan antiguo sino que había estropeado su preciosísimo parquet nuevo.
Fue entonces cuando descubrí una rara cualidad en mí. En vez de atacarme de los nervios me relajé y le dije a Alex...”el daño ya está hecho, vamos a disfrutarlo al menos”. Quizá es que el espíritu de Scarlett O'Hara se había apoderado de mí y pensé...mañana será otro día!!



Si queréis saber qué sucedió con la cama y sobre todo conmigo, cuando mis padres se tuvieron que volver al cabo de 6 días por un fallecimiento repentino, os emplazo al desenlace de esta historia.



Antes de terminar...quiero tener un recuerdo especial para dos blogueras. Una que ha abierto por primera vez la puerta de su armario y ha asomado timidamente la cabecita. Y para otra bloguera que, a pesar de ser de izquierdas ha decidido que lo mejor es privatizar su empresa para evitar tener que hacer un ERE o peor, cerrar la empresa. Seguro que hoy ellas valoran más que nunca la libertad de expresión...

viernes, 13 de mayo de 2011

El Gran Salto (1ª parte)

Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy lejana llamada ParentsJaus (useasé, la casa de mis padres) vivía yo mi postadolescencia y primera juventud.

Salía con la gente del barrio entre la que se había extendido el extraño rumor de que yo era bollera. No entiendo de dónde habían podido sacarlo, puesto que vivía encerraica en el armario.

Cuando comencé a tener mis primeras relaciones decidí abandonar a aquel puñado de hipócritas y salidos homófobos que realmente no me aportaban nada positivo. Desde entonces, no fui cantando alabanzas acerca del lesbianismo por el barrio pero tampoco me cortaba a la hora de ir con alguna chica de la mano.

Así transcurría mi apacible vida. Durante la tarde iba a trabajar y por las mañanas estaba en el Museo. El Museo es como llamaban mis amigos a la casa de mis padres. No porque hubiera obras de arte sino porque no se podía tocar nada y todo tenía que estar impoluto.

Para que os hagáis una idea, es un bloque construido en los primeros años 70, pero nada queda del piso original. Desde el año 84 mis padres han ido reformando la casa. De hecho no ha habido año en que no hayan hecho alguna obra. Existen los adictos a las drogas, al alcohol, a las compras incluso al trabajo. Mis padres, presentan la rara patología de ser adictos a las obras, con el inconveniente añadido de que siempre generaban tensiones y broncas monumentales.

Conociendo esta adicción os podéis imaginar lo perfecto que tiene que estar todo siempre en esa casa. Sin polvo acumulado, con cada cosa en su sitio...Mi progenitora es capaz de saber si has movido un marco un sólo centímetro en cualquier dirección.

Dentro de todas estas obras que hicieron, lo que nunca tocaron fue mi segunda habitación. Cuando fuimos a vivir allí mi hermano tenía 4 años y yo 3. A mí me pusieron en una habitación típica de niña, con un edredón de flores rosas (me sale un sarpullido al recordarlo) y unos muebles años 70 que me horrorizaban.

La habitación de mi hermano era mucho más pequeña. Le hicieron un mueble a medida que ocupaba toda la pared. De ese mueble salía en horizontal, una cama de 80 centímetros de ancho y 170 de largo. Cuando la cama estaba sacada, apenas quedaba espacio entre ella y la mesa para levantarte por la noche.



Al llegar a la adolescencia, mi hermano creció y los pies se le salían de la cama. La solución que encontraron mis padres fue cambiarnos de habitación. Claro, él no se iba a quedar con el edredón de flores. Le hicieron un cuarto nuevo, con una cama mucho más grande y mullida que aquel viejo colchón hundido sobre el horrible somier atornillado al frontal de la cama.

En mi caso...heredé los muebles de mi hermano. Al ser una habitación tan reducida tendrían que hacer otro mueble a medida y como yo cabía en aquella cama pensaron que no valía la pena.

Os podéis imaginar que en cuanto ellos se iban un fin de semana o de vacaciones y yo tenía ligue cambiaba mi cama de 80 de ancho por su cama de matrimonio. Inocente de mí, pensaba que no se daban cuenta de que la utilizaba.

Lo curioso es que nunca sospecharon de mi hermano, sino que le preguntaban directamente si yo había llevado a casa a alguna “amiga”. Vivan los eufemismos!!!

Continuará...

miércoles, 11 de mayo de 2011

Marea Rosa

Pensaba que la verdadera “marea rosa” se producía cada año, a principios del verano, cuando se celebra la manifestación del Orgullo. Pero el domingo tuve que cambiar mi opinión al contemplar como un manto rosa se extendía ante mi vista.



20.000 mujeres nos reunimos en el parque de El Retiro para correr, andar, rodar o patinar los seis kilómetros y medio del recorrido de la Carrera de la Mujer.

Para mí fue un reto y una experiencia increible. Hace cuatro años iba a correrla por primera vez. Había quedado con Sis y su cuñada en correr juntas. Desde el mes de noviembre anterior me estaba preparando. Salía a correr 3 días por semana. Además de conseguir perder los 4 o 4 kilos que me sobraban, estaba consiguiendo ser constante en algo por primera vez en mucho tiempo.

Pero a finales de marzo de ese año me atropelló un coche y me dejó la pierna derecha bastante maltrecha. La consecuencia de aquel atropello es que no puedo volver a correr, algo que hasta entonces me había resultado vital.

Estos últimos años he visto con tristeza como se celebraban- A pesar de los ánimos de Sis y su cuñada no quise volver a apuntarme. Me sigue resultando difícil asumir que no puedo correr.

Pero este año vi el cielo abierto cuando Farala comentó que ella la iba a andar. Por fin tenía la oportunidad de participar sin sentirme sola o mal. Y allá que fuimos!!



Tras recoger el dorsal e integrarnos en la marabunta que se agolpaba en la línea de salida comenzamos la andadura.





Kali y Elenita Faralaez decidieron adelantarse y nosotras fuimos a nuestro ritmo. Pronto se nos sumó La Niña (de Hormiga) y así, a nuestro paso y disfrutando de la buena mañana superamos la línea de meta en 1 hora y 22 minutos. 

Por supuesto, después nos tuvimos que dirigir a una terrazita para el consiguiente avituallamiento. La mayoría pedimos pincho de tortilla. Ummmm, qué raro....un grupo de tortilleras pidiendo tortilla...

Y después de una experiencia que me ha reconciliado en parte con mi pierna, emprendimos rumbo cada una a nuestra casa. En mi caso, para pasar la tarde del domingo tirada en el sofá. La recompensa al pedazo de madrugón que me había dado.

Ah!! y es cierto que el deporte engancha. Ya me he propuesto para el año que viene bajar mi tiempo a 1 hora y 20 minutos jajajajajaja!!

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